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sábado, 6 de marzo de 2010

Poder psicotrónico

............Hace algunos veranos —no sé cuántos; en mi cabeza ya forman uno indeterminado, más bien desparramado— sorprendí a una amiga leyendo con avidez cierto libro. No es que mi querida interfecta sea una persona analfabeta, o que lea los libros al revés, o que, simplemente, sea poco dada a los placeres literarios. Es sólo que me llamó la atención tanta abstracción en mitad de una piscina comunitaria poblada de niños-bomba.
............Así pues, retiré unas horribles gafas de sol de mi rostro requemado, y dejé que mis pupilas se deslizasen por los trazos del título: La magia del poder psicotrónico. “Vaya”, pensé. “Parece que ha perdido definitivamente la cabeza”. Así que disfracé la curiosidad de preocupación y la interrogué acerca del cometido de ese libro en su vida.
............Tras unos minutos de conversación, entre los que intercalé numerosas alertas sobre el proceder de ciertas sectas, me quedó más o menos claro lo que aquel libro defendía: para alcanzar un objetivo, era necesario visualizarlo primero. De esta manera, obtendríamos un borrador mental que templaría nuestro ánimo, fortalecería nuestra determinación y aseguraría el éxito final. Yo le advertí que me parecía una soberana —por ser más ofensivo— estupidez. Y ella, con su cerebro recién lavado y la mirada turbia por el cloro de la piscina, pasó a rebatir todos mis desilusionantes argumentos.
............—Entonces, según tú, si pienso con toda la fuerza del mundo en la cosa más imposible, ésta se materializará ante mí como por arte de magia.
............—Mira que te gusta tergiversar las cosas. —“¡Cierto!”, pensé. “Mi licenciatura me avala”—. Yo no he dicho eso. Digo que tienes que visualizar el éxito. Que eso te ayuda a conseguir tus propósitos. Que el hecho de visualizarlo es parte del trabajo para conseguirlo.
............—¿Y no te parece que visualizar un éxito hasta creerlo puede hacer que te estrelles dos veces al fracasar? Una por la vez imaginada y otra por la hostia real.
............—Bueno, entonces, si las cosas no salen como querías, lo que tienes que hacer es visualizar la manera de superar el fracaso.
............Y ahí la dejé. Era presa de un optimismo enfermizo.

viernes, 15 de enero de 2010

Cuando estaba en los 'scouts'... Patatita

............A la edad de nueve años entré en un grupo 'scout' de Alicante. Sólo me bastó una ronda solar (es decir, un año) para hacerme veterano. Así de cambiante es el mundo de los intrépidos exploradores que buscan gamusinos. Por aquel entonces entró en el grupo un muchacho al que conoceremos con el nombre en clave de Patatita. Éste es únicamente uno de los numerosos apelativos con los que se le ha conocido a lo largo de los últimos quince años. Suele caer tan "simpático" que arrastra a su paso una pila de motes dignos de un futbolista sudamericano: Hombre Boya, Gordo Comunista o Gordo Cabrón son algunos de los más conocidos.
............Patatita era un niño follonero. Todos nuestros 'scouters' —monitores— lo decían. Todos los 'scouts' lo pensábamos. En su primer campamento de verano hizo una amplia demostración de las cualidades que lo adornarían durante el resto de su vida en una sola acción: desoyó consejos, tropezó, rompió algo ajeno, se rompió algo propio y blasfemó. Todo eso en diez segundos. Un verdadero 'crack'. Y ahora os explico qué pasó:
............A aquel campamento Mirmana también asistió, que por entonces aún era una joven 'scout'. Ella y sus compañeros hacían cosas guáis. Como, por ejemplo, cometas con papel de periódico para hacerlas volar. Mirmana, que no debía estar fina aquella mañana, no conseguía terminar su cometa. Pero al fin, poco antes de la hora de comer, consiguió acabarla. Allí estaba la cometa, sí. Pero estaba en muy mal lugar: en el camino de Patatita. Nuestra 'scouter' de turno advirtió a Patatita que no andara por entre las bancadas del comedor, que podía caerse. Pero él no hizo ni caso, claro. Y escogió la bancada en cuya mesa se encontraba la cometa de Mirmana para hacer su particular actuación. Ella vio venir el peligro y gritó: "¡Cuidado con la cometa!". Pero fue demasiado tarde. Patatita tropezó, se golpeó la entrepierna contra la bancada y no encontró más sujeción que la cometa hecha con papel de periódico de Mirmana. La cometa se rajó. Él se hizo un cárdenal del tamaño de Texas y soltó un quejumbroso: "¡Me cago en el mismísimo!"
............La siguiente imagen que tengo en la cabeza es de mi hermana intentando darle una paliza —literal— al grito de: "¡Me cago en su p**a madre! ¡Niño de los coj**es! ¡Te voy a dar de host**s hasta que nos volvamos a Alicante!". Tuvieron que cogerla entre dos fuertes muchachotes que apenas podían reducirla. Y quince años después, Mirmana aún le guarda rencor.
............Ha trabajado durante mucho tiempo en Telepizza. Lo curioso es las razones por las que empezó a trabajar (en principio para unos meses) y acabó estando más de cinco años. Con el carné de coche recien sacado cogió el coche de la madre de un amigo suyo —su amigo iba de copiloto— y se fueron a dar una vuelta. Por una calzada de velocidad máxima de cuarenta iban a ochenta y se comieron uno de esos agradables badenes que hay en las avenidas demasiado largas. El motor del coche se cayó al suelo. Así que comenzó a trabajar en Telepizza para pagar la reparación. Y durante cinco años no pudo dejarlo porque siempre enlazaba alguna denuncia o alguna reparación propia o ajena y necesitaba el dinero.
............Patatita ahora está en el hospital, el pobre. Tiene la vesícula con más piedras por quitar que Pompeya. Todo por culpa de su vida repleta de excesos digna del Elvis de la última época. Esta vida de excesos está marcada por constantes meteduras de pata, salidas de tono ante las autoridades locales y nacionales —fue denunciado y llevado a juicio por decirle a una patrulla de la policía local que les iba a poner una bomba lapa en el coche—, salidas de la carretera con su coche —se cayó al cauce del río Segura con él— y hacer verdad la máxima de que "el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra". Aunque para él debería existir una variación: "Patatita es el único animal que tropieza diez o doce veces en la misma piedra pese a la advertencia de quienes le aprecian*, además de las autoridades pertinentes y las señalizaciones al uso".
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............*Parece incomprensible que alguien pueda apreciarle después de conocer este tipo de aspectos concernientes a su vida. No obstante, cuando consigues que no coja el coche, que no haya un botellón de por medio o esté de resaca, que no esté cerca la Policia Local, la Policia Nacional o la Guardia Civil y, sobre todo, cuando no haya ningún objeto que te pueda romper, es un muchacho agradable.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Papi

............Creo que mi hermano va a ser un buen padre. No lo digo por la delicadeza con la que coge a su nena recién nacida, que es, más o menos, la de un estibador portuario cargando barriles de queroseno. Mi hermano va a ser un buen padre porque tiene muy claras la líneas directrices de la educación que imparte.
............El otro día se cargó el bebito al hombro para consolarle un berrinche y recorrió el pasillo de extremo a extremo musitando:
............—Hija mía, tienes que aprender a no pedir las cosas a gritos. No querrás convertirte en una choni cuando seas mayor, ¿verdad que no? Ea, ea, ea, ea...
............Si el padre de Belén Esteban hubiera hecho lo propio, nos hubiéramos ahorrado mucha vergüenza ajena. Claro que, tal vez, la tal Belén sí quería.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Mis veranos salvajes (II)

............En el chalet de mis abuelos está el reloj de pared más feo del mundo. Y esto no es un juicio de valor, sino una afirmación objetiva contrastable por cualquier universidad sita en Massachusetts. Bajo su carcasa de plástico dorado, flanqueada por dos columnas salomónicas, se esconde la precisa maquinaria japonesa que regía mi rutina estival. Cada vez que las terribles agujas retorcidas marcaban una hora en punto, una melodía electrónica inundaba el aire, haciéndolo irrespirable.
............Cuando mis oídos reconocían la melodía que indicaba las cinco de la tarde, abandonaba los muros de la parcela y corría en libertad por las polvorientas calles, lejos del esperpento cronométrico. Allí me esperaban los desheredados de la playa, entre los cuales tenía el honor de contarme. Lindando con la parcela del chalet, se abría entre los descampados un barranco considerable que finalizaba en el mar y en cuyas profundidades pasábamos las horas.
............Aquel verano descubrimos el placer por la velocidad, gracias a la utilización de objetos de desecho —también conocidos como 'basura'— como vehículo experimental. Los materiales fueron diversos, pero la forma de conseguir velocidad variaba poco y se basaba en los principios físicos que sustentan la ley de la gravedad. Es decir, nos tirábamos ladera abajo.
............Sin embargo, como ya he advertido, la evolución de los medios de transporte progresó con rapidez. De las primeras persianas de plástico que se deshacían al primer golpe de piedra, pasamos a los mullidos colchones mugrientos, que nos proporcionaban estabilidad y buena amortiguación. No obstante, queríamos mejorar la sujeción y lograr un descenso controlado y no tardamos en lograrlo.
............El control del descenso partía de la posibilidad de utilizar una escalera de desagüe bien delimitada por muros de hormigón. Y la sujeción y protección nos las proporcionaba una enorme nevera desprovista de puerta. Resultó que la nevera encajaba a la perfección entre los dos muretes de la escalera, tenía la rigidez necesaria para soportar los golpes al finalizar cada escalón y podía albergar a dos ocupantes gracias a una perfecta ergonomía.
............El plan no tenía fisuras. Además, en aras de la seguridad, atamos el extremo de una cuerda a la nevera y el otro a la celosía de la valla de un chalet cercano. Mientras dos afortunados disfrutaban del descenso, otros dos, con las manos enguantadas, iban frenando progresivamente el ingenio hasta detenerlo suavemente al final de la escalera. Debo señalar que el final de la escalera consistía en un talud de unos seis metros de altura que terminaba en el fondo del barranco. Aunque esta distancia se suavizaba gracias a que los vecinos eran bastante cerdos y tiraban desde el talud todos los restos de la poda de sus casas.
............Los primeros en probarlo fuimos el chulo atérmico, con su cazadora de cuero, y yo. El viaje fue un éxito: rápido, emocionante y “seguro”. Además, cuando el abismo se abría al final de las escaleras y el cosquilleo de la muerte te rondaba la nuca, enseguida notabas cómo se tensaba la cuerda y te detenías sin mayor contratiempo.
............Pero, tras una tarde de viajes en nevera, una enorme figura se recortó en el horizonte. A contraluz, sobre el sol naranja, distinguimos la silueta circular de un tipo al que conocíamos como “Calabazo” por su similitud física con el vegetal aludido. Él, de la misma edad que nosotros —unos ocho años— se enorgullecía de su apodo y hacía de su corpulencia una materialización del poder que ostentaba. No dijo nada. Sólo miró la nevera y nos miró a nosotros. Después, se subió.
............La nevera se balanceaba y crujía al borde del escalón. El chulo atérmico y yo nos miramos con gravedad mientras cogíamos la cuerda con fuerza. Otros dos amigos empujaron la nevera y el enorme leviatán bajó a una velocidad endiablada. La cuerda se deslizaba entre nuestros guantes sin que pudiéramos frenarla de ninguna manera. Cuando empezó a salir humo, supimos que no podríamos hacer nada y abrimos las manos, confiando en que el anclaje a la celosía sería suficiente. Pero no lo fue.
............Calabazo llegó la final de la escalera y la cuerda se tensó hasta el límite. Era fuerte, no se partió. Al contrario, entre la cabeza del chulo atérmico y la mía silbó el ladrillo arrancado de la celosía y siguió la suerte de la nevera. Calabazo aterrizó de bruces sobre la montaña de rastrojos y la nevera le cayó encima como un extraño sarcófago sideral. Desde debajo surgía un llanto desconsolado. Aquel día habían tirado una veintena de rosales moribundos.
............Entonces aprendí algo que me ha servido el resto de mi vida: unas rosas y un agradable paseo en descapotable pueden ablandar a la persona más insensible.

jueves, 17 de diciembre de 2009

La reacción no se hizo esperar

............Lo más divertido de ser yo es que nadie, pero absolutamente nadie en este mundo, sabe cómo soy realmente. Tengo una doble identidad, como si fuera una superheroína. Hubo un tiempo en el que todo el mundo me describía como "una buena amiga que sabe escuchar y te presta mucha atención cuando le cuentas cosas". Mi naturaleza mongoloide y mi propensión al autismo ha llevado a muchas personas a sacar este tipo de conclusiones sobre mí a lo largo de mi vida. Algunas de ellas han ido descubriendo que mi interés no era real y se han apartado de mí como de la peste, como si fuera culpa mía que su vida sea una puñetera novela de ésas que usas para calzar la mesa porque ya en la primera página te entran ganas de pegarte un tiro. Y yo no quiero pegarle un tiro a nadie; me gustan los grumitos en mi Colacao, la caca en mis conversaciones, y Jorge Bucay en mi mundo. Pero que no me pidan más, yo no como caca, no leo Jorge Bucay y no presto atención a lo que no me importa un carajo.
............El autismo ha sido motivo de burlas y desprecio por parte de la sociedad desde que se descubrió su existencia; yo, sin embargo, lo considero una especie de superpoder. Un superpoder que se activa en el momento menos esperado y más oportuno, salvándote, por ejemplo, de un monólogo espantoso, denso como el alquitrán, acerca de algo que te importa un carajo. Pero como todo gran poder, el autismo conlleva también una gran responsabilidad; salvaguardar la dignidad y la estabilidad emocional de los que te confían su mierda es esencial. Uno tiene que dejar puesto el piloto mental automático para que, en las partes exaltadas del monólogo del cansino en cuestión, el Consciente retome las riendas de la mente y analice las dos últimas gilipolleces que nuestro pequeño Bucaycito considera vitales. Es entonces cuando ha de hacerse un comentario al respecto que, aunque uno sepa que es un auténtico mondongo, a Bucaycito le resulte trascendente. No es muy difícil. Tras esta operación, se puede volver a poner el piloto automático unos diez o quince minutos más, relajarse y pensar en chorras o lo que sea.
............Por desgracia, no todo en el mundo del autismo es jauja. Cualquier superhéroe sabe que los poderes son muy difíciles de controlar, sobre todo los de naturaleza psíquica, como es el caso que nos ocupa. Durante la preadolescencia y la propia adolescencia, son todavía más imprevisibles e indomables. Os contaré una anécdota que refleja muy bien esta coyuntura del que ha nacido siendo superior al común de los mortales; una historia tan cruel y tan desgarradora que, si la leyera, induciría al mismo Bucay una depresión tan profunda que se colgaría del techo con sus propios intestinos. Atención.
............Desde que yo nací hasta que ella murió, compartí mi vida con mi abuela. Los primeros seis años me cuidó ella a mí; a partir de entonces y de que se quedara más ciega que un topo con problemas de visión, fueron cambiando las tornas. Pongámonos en situación: se trataba de una señora ciega con mucho (mal) carácter, tanto como para llenar ocho capazos grandes de esparto, que usaba como "lazarillo" a una niña mongolita, que jamás respondía de malas formas por nada y que lloraba sólo con que la miraran mal. Sigamos.
............Corría el año y yo nunca he corrido demasiado por ser una niña gorda, así que no pude alcanzarlo, pero creo que tendría unos ocho o diez. Solía ayudar a mi abuela a preparar la comida, cuando no estaba en el colegio siendo amablemente advertida del asco que producían mis carnes a los compañeros. La señora era limpísima y lavaba a conciencia todos los ingredientes que componían los potajes que preparábamos. Había tres técnicas básicas que utilizaba mi abuela para el lavado o remojo de estos ingredientes: abundante agua para todo, bicarbonato para los garbanzos, vinagre para las acelgas.
............Una desafortunada mañana, yo me levanté con mis poderes autísticos más fuera de control que de costumbre y mi abuela decidió que haríamos potaje para comer. Así que preparé toda la parafernalia y ella se dispuso a remojar los garbanzos en agua y bicarbonato. Nunca me dijo la razón de hacer esto, pero los trucos de las abuelas son infalibles hasta cuando no sabes bien para qué sirven, y si hay gente que cree en Dios, ¿por qué no puedo creer yo en el remojo con bicarbonato?
............Como la buena mujer sabía muy bien que de mí no se podía fiar un pelo, no me dejaba hacerlo: ella ponía la mano para que yo le echara los polvillos, calculaba cuándo era suficiente y lo añadía al agua con los garbancitos. Así que allí estaba, con los garbanzos en agua y la mano extendida, esperando. En ese momento mis poderes hicieron su aparición más inoportuna; equivoqué la rutina y cogí el vinagre del armario. Empecé a echárselo a mi abuela en las manos sin reparar en la poca lógica que tenía aquello (recordemos que estaba bajo los efectos de mi poder), y al cabo de un largo rato la mujer (que tenía las manos mojadas de agua y no notó nada) gritó:
............ —¡¿Se puede saber qué estás haciendo?! ¡Ponme el bicarbonato! ¿Estás tonta?
............Fue en ese momento cuando volví al mundo real, vi lo que estaba haciendo, me asusté mucho por si se daba cuenta y me reñía, y corrí a cambiar el vinagre por el bicarbonato. Volví con él y lo eché en las manos de mi abuela, llenas de vinagre. La mezcla empezó a reaccionar y yo me asusté un poco. Al llegar a la cantidad adecuada lo vertió en el agua; de repente el recipiente empezó a echar humo y a escupir espuma por toda la bancada. Yo no entendía nada de lo que ocurría, no sabía qué hacer, sólo podía pensar en qué le diría al juez cuando me preguntara por qué había matado a mi abuela de aquella manera tan ridícula, con lo fácil que hubiera sido cambiarle la dosis de insulina. Me hice pis.
............Gracias al Señor no se murió y no llegó a enterarse bien de qué había pasado. Pero la aterradora certeza que tuve por un momento de que, fuera lo que fuera lo que había hecho, había matado a mi abuela, es otro trauma que sigo arrastrando a día de hoy. Un trauma que probablemente sea también la principal razón de que jamás se me diera bien la química. Eso, o que me importaba un carajo.

............
Dedicado todos los Bucaycitos que hay en mi vida. ¿Qué sería de vosotros sin mi falseda..., eh..., autismo?
............No dedicado a mi abuela porque está muerta y, aunque no lo estuviera, no podría leerlo tampoco porque estaba ciega.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mis veranos salvajes (I)

............Siempre recordaré los veranos de mi infancia con especial cariño. Durante los inviernos, yo era una especie de señorito redicho y cargante que vestía mocasines y se peinaba con raya. Siempre asistía puntual al colegio, donde no jugaba al fútbol —qué cosa de bárbaros— ni me arrastraba por la tierra. Es decir, era una personita que daba bastante grima.
............Sin embargo, en verano, me cortaban el pelo tanto que no había posibilidad de raya y cambiaba mis mocasines burdeos por unas Victoria con agujeros. Esta transformación tenía lugar en el chalet de mis abuelos, junto a la playa de San Juan (Alicante), cuanto todavía existían descampados en lugar de edificios de dudoso gusto y aún más dudosa legalidad.
............El chalet se edificó en una pequeña colonia que combina casas con edificios bajos. Me parece mentira haber vivido una época en que las puertas de las casas estaban abiertas y las calles eran de tierra, sin farolas, y algunas con acequias bordeándolas. En ese encantador oasis tercermundista y, más concretamente, en los enormes descampados, tenía lugar mi glorioso proceso de asalvajamiento.
............Éramos pocos y nos conocíamos todos. Los odios, las filias y las rivalidades se acrecentaban hasta extremos peligrosos. Yo siempre tenía la mejor bicicleta, que para eso mi abuelo regentaba una tienda de bicis —si es que eso se puede regentar—. Y además solía cambiarla todos los años, porque, durante el invierno, aquel sitio donde siempre era jornada de puertas abiertas se convertía en el autoservicio de los gitanos de un poblado cercano. Supongo que las puertas cerradas son más tentadoras y mi bici un caramelo, una vez forzadas.
............Así que andábamos haciendo el animal por los descampados. Yo, sin camiseta, con mi BH California. Otros se atrevían a dar saltos, yo temía mi torpeza. Hasta un día. Ese día, una chica preciosa había ido al pequeño circuito de trial y yo había quedado con una especie de extraño chulo atérmico que llevaba cazadora en agosto a las cuatro de la tarde. El chulo atérmico sí saltaba y yo no quería ser menos —todas las hostias de mi vida han sido por impresionar a mujeres—. Tomé carrerilla con mi preciosa bicicleta azul y blanca y salté por el montículo a casi dos metros del suelo. Por desgracia, no se me ocurrió que tal vez fuera conveniente ponerme de pie sobre los pedales para amortiguar el aterrizaje.
............En efecto, aterricé sentado en una bici sin amortiguación desde casi dos metros de altura. A mis ocho años, los huevos debieron alcanzarme la campañilla, aunque no la oí sonar como en esas atracciones de feria. Aquí no hubo martillo, ni pesa, ni lucecitas, ni ding-dong ni, desde luego, premio. Sólo hubo un doloroso y silencioso sillín de plástico partiendo mi virilidad por la mitad, cortándome la respiración y haciéndome saltar las lágrimas.
............El caso es que, desde fuera, el salto pareció impecable. Y además sin ponerme de pie, con esa chulería de la que sólo pueden hacer gala los eunucos campeones de trial —que son numerosísimos—. Incapaz de dar un pedaleo, llegué por inercia ante la chica en cuestión, que me aguardaba junto al chulo atérmico. Ella me dijo: “Ha sido increíble”, y él me miró con cierta rabia. Yo asentí con indiferencia, miré el reloj mientras el llanto me golpeaba la garganta y acerté a decir sin darme importancia: “Son las cinco. He quedado, os veo luego”.
............Salí corriendo y, nada más darles la espalda, brotó el torrente de lágrimas contenidas como una inmensa pantanada. Y sentí el dolor agudo y punzante que aún atenazaba mi cuerpo y me impedía pedalear con fuerza. Cualquier espectador desinformado hubiera considerado que, tras el elegante vuelo, me marchaba indiferente a velocidad moderada, disfrutando del paisaje y de la brisa de Levante. Pero en aquel momento aprendí algo que se ha cumplido el resto de mi vida: aunque parezca que todo ha salido perfecto, las mujeres siempre me causarán llanto y dolor de huevos.
............Y aun así, volvería a saltar una y mil veces.

¿Entre los más buscados?

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