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jueves, 1 de abril de 2010

El señor Ikea

............El señor Ikea te vigila. Tú no lo sabes, pero dentro de cada tuerca Kröll hay una microcámara sueca de alta eficiencia energética. Es una cámara pensada sólo para seguir el proceso de montaje desde su Xanadú particular, sito en algún páramo siniestro de Oslo. En su enorme habitación, decorada con muebles de nombre tan impronunciable que no se pueden comercializar, el Señor Ikea se descojona a carcajada limpia de tu frustración como ebanista dominguero. También se vanagloria —claro que lo hace— de la eficiencia de su cámara, que no necesita ninguna batería porque se alimenta de tu ira contenida. El Señor Ikea no quiere invadir tu intimidad y la cámara se apagará en los tres posibles supuestos que establecieron en el consejo de administración:

............a) Finalización del montaje e instalación del mueble.

............b) Suicidio del usuario.

............c) Explosión intracraneal con hemorragia masiva.

............Sólo en los dos últimos casos el Señor Ikea se sentirá satisfecho y sonreirá mientras bebe brandy sueco en copas Homänn. Para él es importante sentirse realizado, ya que el Señor Ikea, como sus muebles, es un hombre hecho a sí mismo.

............Próximamente presentará su última idea revolucionaria: un ataúd de montaje ultra rápido. Según se dice, será tan fácil de montar que apenas dará tiempo a sentir el hálito de la muerte antes de caer fulminado por el último supuesto. O por hartura, que es lo mismo.

jueves, 18 de marzo de 2010

La parada de autobús perfecta

............En ese reducto de paz donde han transcurrido los veranos de mi vida se da de forma permanente un fenómeno atropológico de efectos diversos. El mencionado fenómeno tiene lugar en un camino vecinal tranquilo, entre chalés de ajardinado alrededor y vallas de cipreses mecidos por la suave brisa de Levante. Todos los caminos aledaños, incluso el propio camino, fuera de la zona que nos ocupa, son un bache continuo. Los parches de asfalto con más piedra que alquitrán se van desgranando y la tierra polvorienta asoma, teñida de luz abrasadora.
............Bajo la misma luz, en ese punto perfecto de impoluta factura, se erige una parada de autobús: la parada de autobús más perfecta que jamás haya conocido la humanidad. Sobre una plataforma adoquinada se fijó una marquesina de aluminio bruñido de formas modernas y, bajo ella, un banco de idéntico estilo. Tras la marquesina, la protección de unos lienzos de cristal limpio y, a la derecha, un panel publicitario de rigurosa actualización mensual. En el extremo opuesto se encuentran una papelera con bolsa frecuentemente renovada y un poste de metacrilato con el recorrido y las paradas correspondientes.
............A las tres de la tarde, con un sol de justicia —la justicia de los ajusticiados en la hoguera—, solemos pasar los de siempre por delante de la parada de autobús perfecta. Somos unos cuantos amigos, morenos y requemados, a punto de sumergirnos en tanques de cerveza previos a las comilonas. Vemos a la gente en la parada, esperando con aire de resignación y el sudor perlando o inundando su frente. Entonces, surge la duda. Pero antes de ella, el proceder que nos honra: juzgar a los “esperantes” únicamente por su aspecto. Todo vale, desde la indumentaria hasta la expresión de su rostro, pasando por la calidad estética de los sujetos. En ese momento, tras una breve deliberación, decidiremos si les decimos que por allí nunca pasó autobús alguno.
............(Aquella parada me enseñó que las condiciones perfectas no son siempre las más favorables para nuestros deseos).

sábado, 6 de marzo de 2010

Poder psicotrónico

............Hace algunos veranos —no sé cuántos; en mi cabeza ya forman uno indeterminado, más bien desparramado— sorprendí a una amiga leyendo con avidez cierto libro. No es que mi querida interfecta sea una persona analfabeta, o que lea los libros al revés, o que, simplemente, sea poco dada a los placeres literarios. Es sólo que me llamó la atención tanta abstracción en mitad de una piscina comunitaria poblada de niños-bomba.
............Así pues, retiré unas horribles gafas de sol de mi rostro requemado, y dejé que mis pupilas se deslizasen por los trazos del título: La magia del poder psicotrónico. “Vaya”, pensé. “Parece que ha perdido definitivamente la cabeza”. Así que disfracé la curiosidad de preocupación y la interrogué acerca del cometido de ese libro en su vida.
............Tras unos minutos de conversación, entre los que intercalé numerosas alertas sobre el proceder de ciertas sectas, me quedó más o menos claro lo que aquel libro defendía: para alcanzar un objetivo, era necesario visualizarlo primero. De esta manera, obtendríamos un borrador mental que templaría nuestro ánimo, fortalecería nuestra determinación y aseguraría el éxito final. Yo le advertí que me parecía una soberana —por ser más ofensivo— estupidez. Y ella, con su cerebro recién lavado y la mirada turbia por el cloro de la piscina, pasó a rebatir todos mis desilusionantes argumentos.
............—Entonces, según tú, si pienso con toda la fuerza del mundo en la cosa más imposible, ésta se materializará ante mí como por arte de magia.
............—Mira que te gusta tergiversar las cosas. —“¡Cierto!”, pensé. “Mi licenciatura me avala”—. Yo no he dicho eso. Digo que tienes que visualizar el éxito. Que eso te ayuda a conseguir tus propósitos. Que el hecho de visualizarlo es parte del trabajo para conseguirlo.
............—¿Y no te parece que visualizar un éxito hasta creerlo puede hacer que te estrelles dos veces al fracasar? Una por la vez imaginada y otra por la hostia real.
............—Bueno, entonces, si las cosas no salen como querías, lo que tienes que hacer es visualizar la manera de superar el fracaso.
............Y ahí la dejé. Era presa de un optimismo enfermizo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Ética

............Cuando era pequeño, como buen hijo de ateos practicantes, no asistía a la “asignatura” de Religión. Dejando de lado polémicas como el hecho de dar cualquier tipo de educación religiosa en el marco de una enseñanza laica, nos centraremos en la alternativa educativa al aleccionamiento espiritual. Dicha alternativa consistía en un inconsistente conjunto de conocimientos imprecisos llamado “Ética”. Hoy en día, me provoca cierta satisfacción y otro tanto de sonrisa sardónica la situación de que los que no íbamos a Religión tuviéramos Ética.
............Sin embargo, y pesar de mi gusto por los juegos de palabras, no se puede obviar que tan innecesaria era una materia como la otra. Una por improcedente y la otra por mal planteada. La mayoría de mis compañeros acudían prestos a una clase impartida por una “profesora” elegida por la autoridad religiosa (in)competente en un colegio público —designación divina infalible de por medio, nada de oposición, que es cosa de mortales—. Y la minoría, entre la que me encontraba, nos quedábamos con el profesor desorientado de turno, que no tenía ni idea de qué hacer con nosotros.
............Al principio se molestaron en ponernos un libro de texto en el que se agrupaban temas sobre urbanidad, valores sociales, empatía, tolerancia y demás argumentos Disney. Pero, luego, la asignatura desapareció como tal y nos quedamos en el Limbo —nuestros compañeros, en el Cielo—. Entonces ya no había ni ley ni orden y los siete u ocho seres amorales y sin conciencia religiosa corríamos por la clase haciendo fechorías de todos los colores.
............Los sucesivos profesores aprovechaban la hora para hacer tareas pendientes, por lo que nos pasábamos solos la práctica totalidad del tiempo lectivo. Las ocupaciones eran maquiavélicas y, del Limbo, pasamos al Infierno. Entre nuestras acciones preferidas destacaban la copia de los deberes de nuestros compañeros ausentes, así como cambiar todos los estuches de mochila o esconder libros. También nos gustaba bombardear los coches aparcados con bolas de papel higiénico mojado o, en caso de disponer de tiempo, descerrajar armarios cerrados con el ánimo de encontrar futuros exámenes.
............Así descubrí que la ética consiste en aprovecharse del trabajo de los demás, sabotear los instrumentos de trabajo de nuestros compañeros, usar artículos de limpieza con fines sucios y tratar de obtener información privilegiada mediante actos inmorales. Años más tarde, estudiando Periodismo, comprobé que estaba en lo cierto.

domingo, 31 de enero de 2010

El padre de la novia

............Todos nos hemos visto en la tesitura de conocer a nuestros suegros. Sin embargo, no podemos obviar que existen múltiples y variadas maneras de pasar el mal trago. A medida que uno es mayor, la tensión tiende a aumentar, ya que, en lugar de la fugaz amenaza paterna, nos vemos inmersos en una comida familiar. De acuerdo, es traumático, incómodo y suele salir fatal, pero hay encuentros fortuitos que superan con creces cualquier expectativa derrotista.
............A mí me gustaría dejar constancia de uno en particular: el momento en que el novio de mi hermana conoció a mi padre. Para ello debo explicar algunos detalles de índole urbanística acerca de mi domicilio alicantino: la casa de mis padres se sitúa en la parte inferior de una cuesta de pendiente bastante incómoda y consta de un escalón en el portal muy propicio para ser usado como asiento eventual.
............Pues bien, mi hermana y su desconocido novio se encontraban acaramelados sobre el mencionado escalón, cuando una figura se recortó sobre el cielo naranja del ocaso, al final de la cuesta. Aquel día, mi padre había ido a recoger una escopeta de caza que había llevado a arreglar. Él ya no caza —y menos, personas— y, de todas formas, su miopía le impedía ver a mi hermana y a su consorte. Pero no puedo evitar rememorar la visión desde los ojos del pobre enamorado.
............Aquel hombre alto, con su melena canosa al viento y una escopeta sobre el hombro, se acercaba en mitad de la ciudad, como salido de otra dimensión. Los ojos del enamorado, ignorantes de la realidad y asombrados por la escena, se abrieron con terror al escuchar la voz despreocupada de mi hermana: “Anda, ahí viene mi padre”.
............Sólo acertó a decir: “Creo que tengo que irme”. Sus piernas fueron más rápidas que su valor.

jueves, 21 de enero de 2010

El poder de la palabra

............Aquella aciaga mañana me pesaban los párpados más que de costumbre. Nada más poner el pie en la calle, una ráfaga de viento helado me selló los labios y me entornó aun más los ojos. El viaje en metro fue tan agobiante como siempre. Decenas de libros de tapas duras me laceraban el cuerpo como un bosque de aristas especialmente pensado para incomodar al usuario. Sin embargo, una idea se mantenía fija en mi mente. Podía visualizarla con la claridad de la certeza absoluta y en esa visión me evadía del hostil alrededor.

............Llegué a Ciudad Universitaria y divisé mi objetivo. La mole gris tormenta de la Facultad de Ciencias de la Información engullía a los primeros estudiantes, que acudían en un goteo incesante de zombis mañaneros. Mis andares eran también torpes, no quería llamar la atención. Bajo mi abrigo, todo el cuerpo en tensión. Los puños apretados dentro de los bolsillos. Y, en la mirada, la chispeante determinación del que actúa movido por un incontestable imperativo moral. No había nada que pudiera detenerme.

............Subí las escaleras, sintiendo los nervios a flor de piel y callándolos a golpe de escalón tras escalón. Llegué al último piso con la luz del invierno madrileño filtrándose a través de los cristales sucios del enorme lucernario. El haz de luz, frío y bien definido, enmarcaba la puerta de mi clase de primero de Periodismo. Todo marchaba según el plan. Los veinte minutos de adelanto con los que había salido de casa eran más que suficientes para asegurarme la soledad del aula.

............Entré en la estancia de puntillas y me moví con una agilidad felina hasta la mesa del profesor. Hacía ya tiempo que había llamado mi atención la profusa botonería tecnológica que tapizaba la parte posterior del mueble. Quizá mi irracional devoción por las películas de James Bond acrecentó aun más el magnetismo de aquel ingenio multifuncional. Me senté y sentí el poder del malo de la película. A izquierda y derecha se repartían equipos de sonido, vídeo, DVD, clavijas, enchufes indeterminados y el punto clave de mi plan: los controles de audio del micrófono del profesor.

............Tocaba Historia Universal Contemporánea. Ése era el título bajo el que se refugiaba un profesor ególatra, mesiánico e hipócrita para tratar de acrecentar aun más su ego, que comenzaba a dejarle inservibles los agujeros del cinturón. Cansado de sus constantes peroratas autocomplacientes y de su pertinaz autobombo, decidí que fuera él la víctima de la pregunta que me tenía sin dormir y cuya resolución estaba próxima: ¿qué pasa si se ponen al máximo todos los controles de audio?

............Tras girar las ruedecitas hasta el valor más alto de su escala numérica, me senté a hacer como que leía el periódico. La clase se fue llenando paulatinamente de pies que se arrastraban desganados hasta su silla. Por fin llegó el orondo docente, acompañado de una miembro de su cohorte de lameculos, que portaba un mapamundi y el esperado micrófono.

............Sentí que me estallaba el corazón durante el breve lapso de tiempo transcurrido entre el posicionamiento del micrófono sobre la mesa y su maniobra de enchufado, llevada a cabo por la enchufada. Se escuchó un sonoro “paaaf”, tras el que sobrevino un sonido similar al que emiten las torres de alta tensión. Pero sólo yo me había percatado, ya que el resto de los compañeros todavía hablaban entre ellos.

............Entonces, el profesor se sentó en la silla y se aproximó hasta quedar literalmente encajado en la mesa. El momento esperado era inminente. No podía dejar que los tímpanos de mis allegados de pupitre reventasen. Mi conciencia no podría con ello, así que les dije en voz baja, pero firme: “Tapaos los oídos, venga, ya, hacedlo”. Me miraron con una mezcla de extrañeza y miedo y me hicieron caso.

............Para entonces, la boca del gurú del efectismo tendencioso se había acercado peligrosamente a la cabeza perforada del micrófono. Sólo se llegó a escuchar un principio de “buenos días”. Enseguida se colapsaron los altavoces y un coro de pitidos diabólicamente agudos se expandió por la clase, sembrando el dolor y la desorientación.

............Pude ver cómo mis compañeros se llevaban las manos a los oídos y se retorcían sobre los bancos. El profesor intentaba pulsar desesperadamente la tecla de apagado, pero la tortura sónica no le permitía actuar con precisión y sus dedos gordos se estrellaban contra alguna otra tecla equivocada. Después, se fundió el equipo y los altavoces dejaron de emitir aquel sonido robado al infierno. Todavía se escuchaban los gritos de mis compañeros, cuando tuve que enfrentarme con la mirada de mis allegados de pupitre. Sus ojos nadaban entre el agradecimiento y la reprobación.

............Gracias a aquella operación táctica, aprendí algo que me ha servido el resto de mi vida: el poder de la palabra no depende de su volumen.

lunes, 11 de enero de 2010

Los Gafapásticos

............La noche del sábado quedé con una amiga para cenar. Unas cañitas y unas tapas en un sitio muy agradable y pagable y la perspectiva de ver un conciertillo en un 'pub' igualmente agradable, pero menos pagable. Ya había estado otras veces, en otros conciertos, y me gusta descubrir que existe una serie de clientes habituales. Se ve que tengo la necesidad de encontrar puntos de referencia en este fluir continuo que es el devenir.

............Junto a la barra, acodados con la expresión entumecida de un esquiador de fondo*, estaban los gemelos bufanderos. Los dos canosos, brumosos por el humo del local, con un cubata en la misma mano y una chaqueta que los diferencia; uno, roja, otro, negra. Y quizás se la cambien si ligan, para pillar los dos. Cosas de la solidaridad.

............Una vez vistos los gemelos y habiéndolos asimilado como baliza en el continuo espacio tiempo, nos sentamos, pedimos dos 'gin-tonic' y esperamos a que el concierto empezara. Se me ocurre que el conjunto bien podría llamarse Los Gafapásticos, pero con ciertas peculiaridades. Me asombró descubrir que los tres integrantes llevaban bufanda y empecé a idear terribles complots de los pseudointelectuales para dominar el mundo. Podía ver como colonizaban Marte y clavaban una bufanda sobre la superficie, que ondeba majestuosa sobre el rojo horizonte.

............Pero cuando empezó el concierto, la cosa fue a peor. Parece que el cantante tenía hambre o una extraña fascinación fálica por los micrófonos. Mientras cantaba, se produjo un fenómeno que denominaremos fonofelación y que dificultaba por completo la dicción y, en consecuencia, la posibilidad de entender algo de lo que cantaba.

............Mi amiga y yo nos miramos. Y sabíamos que íbamos a decir lo mismo: el batería parece una señora mayor. Es cierto. Eso es que debe ser buen músico, porque ha contraído el Síndrome de Paul McCartney, al que un día veremos con rulos y bata. Entonces, sin remedio ni duda posible, advertimos que el cantante se parece a Raphael y el guitarrista, a Eugenio. Todo cambió.

............Sí, en efecto, somos malos. Pero, gracias a la maldad, conseguimos disfrutar del concierto. Es una oportunidad irrepetible ver a la señora McCartney tocar la batería, a Raphael dar placer a un micrófono y a Eugenio tocar la guitarra. Eso sí, echamos de menos sus chistes.

............__________________________

............*Ésta no es una expresión al azar. Es tal vez una expresión “al Aznar”. Tengámosle como ejemplo de esquiador de fondo, por tenerlo de ejemplo de algo, y analicemos su expresión congelada, paralizada en un asco antártico, bajo cualquier circunstancia. Es indiferente que ponga los pies encima de la mesa y diga que hace 'footing' a sesenta kilómetros por hora, que apoye una guerra ilegal —no sé qué es una guerra legal—, que se case su hija o que guarde los bolígrafos en el escote de una periodista. Da igual. Él siempre tendrá la expresión de quien se interna en la ventisca. Gomina al viento.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Lógica navideña

............La última noche del año suele ser un fenómeno sociológico sin parangón. Si uno se asoma a la ventana desde la cálida protección de su hogar, puede ver cómo un ejército de gente vestida de esmoquin invade las calles. Me gustaría que fueran zombis sin alma, incapaces de hablar, pero impecablemente vestidos, que se zampasen a los desprevenidos viandantes. Pero por desgracia el mundo no es un lugar perfecto.
............Alguna Nochevieja he conseguido vencer el miedo a los pingüinos zombis y me he aventurado por las calles junto a estas extrañas criaturas. Incluso me he interesado por sus hábitos y lenguaje, llegando a conclusiones ciertamente esclarecedoras.
............Para empezar, el vestuario elegido es una mera convención social y no condiciona en absoluto la verdadera personalidad del individuo. Es decir, el individuo es igual de gilipollas que siempre, aunque la sofisticación que asociamos al atuendo da lugar a incongruencias geniales.
............Por ejemplo: durante una de esas noches aciagas, estaba esperando a unos amigos para ir a cenar, cuando de improviso se aproximó un grupo de bakalas de gala. Ellas llevaban vestidos tan ceñidos que tenían paperas en lugar de pechos y ellos parecían un armazón con cabeza —sólo la parte exterior— y zapatos.
............Se pararon a esperar a otro grupo de similares características y entonces asistí a un episodio de lógica bakalo-pingüinesca. La conversación fue más o menos la siguiente:
............—Mira, Johnny, me he hecho el nudo de la pajarita yo —dijo el sujeto número uno con abierta inocencia y cargado de ilusión.
............—Tú eres subnormal. La mía se abrocha por detrás y punto, pelota —contestó Johnny.
............Entonces el sujeto número uno se entristeció. Pude ver que manifestaba un sentimiento de profunda aflicción. Y también pude comprobar que, en efecto, el nudo de la pajarita lo había hecho él, y seguramente con los dedos de los pies de otra persona. Aún así, el sujeto número uno quería conseguir la atención de Johnny y no dudó en intentarlo.
............—Oye, Johnny, ¿por qué se comerán doce uvas en Nochevieja?
............—Joder, tronco, pues porque el champán se hace con uvas. No te vas a beber doce botellas.
............El sujeto número asintió, reconociendo lo evidente de su pregunta y la brillantez de la respuesta. Definitivamente, la Navidad es un sinsentido que sólo se entiende vestido de esmoquin y tras ingerir doce botellas de champán.
............Feliz año.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Mis veranos salvajes (II)

............En el chalet de mis abuelos está el reloj de pared más feo del mundo. Y esto no es un juicio de valor, sino una afirmación objetiva contrastable por cualquier universidad sita en Massachusetts. Bajo su carcasa de plástico dorado, flanqueada por dos columnas salomónicas, se esconde la precisa maquinaria japonesa que regía mi rutina estival. Cada vez que las terribles agujas retorcidas marcaban una hora en punto, una melodía electrónica inundaba el aire, haciéndolo irrespirable.
............Cuando mis oídos reconocían la melodía que indicaba las cinco de la tarde, abandonaba los muros de la parcela y corría en libertad por las polvorientas calles, lejos del esperpento cronométrico. Allí me esperaban los desheredados de la playa, entre los cuales tenía el honor de contarme. Lindando con la parcela del chalet, se abría entre los descampados un barranco considerable que finalizaba en el mar y en cuyas profundidades pasábamos las horas.
............Aquel verano descubrimos el placer por la velocidad, gracias a la utilización de objetos de desecho —también conocidos como 'basura'— como vehículo experimental. Los materiales fueron diversos, pero la forma de conseguir velocidad variaba poco y se basaba en los principios físicos que sustentan la ley de la gravedad. Es decir, nos tirábamos ladera abajo.
............Sin embargo, como ya he advertido, la evolución de los medios de transporte progresó con rapidez. De las primeras persianas de plástico que se deshacían al primer golpe de piedra, pasamos a los mullidos colchones mugrientos, que nos proporcionaban estabilidad y buena amortiguación. No obstante, queríamos mejorar la sujeción y lograr un descenso controlado y no tardamos en lograrlo.
............El control del descenso partía de la posibilidad de utilizar una escalera de desagüe bien delimitada por muros de hormigón. Y la sujeción y protección nos las proporcionaba una enorme nevera desprovista de puerta. Resultó que la nevera encajaba a la perfección entre los dos muretes de la escalera, tenía la rigidez necesaria para soportar los golpes al finalizar cada escalón y podía albergar a dos ocupantes gracias a una perfecta ergonomía.
............El plan no tenía fisuras. Además, en aras de la seguridad, atamos el extremo de una cuerda a la nevera y el otro a la celosía de la valla de un chalet cercano. Mientras dos afortunados disfrutaban del descenso, otros dos, con las manos enguantadas, iban frenando progresivamente el ingenio hasta detenerlo suavemente al final de la escalera. Debo señalar que el final de la escalera consistía en un talud de unos seis metros de altura que terminaba en el fondo del barranco. Aunque esta distancia se suavizaba gracias a que los vecinos eran bastante cerdos y tiraban desde el talud todos los restos de la poda de sus casas.
............Los primeros en probarlo fuimos el chulo atérmico, con su cazadora de cuero, y yo. El viaje fue un éxito: rápido, emocionante y “seguro”. Además, cuando el abismo se abría al final de las escaleras y el cosquilleo de la muerte te rondaba la nuca, enseguida notabas cómo se tensaba la cuerda y te detenías sin mayor contratiempo.
............Pero, tras una tarde de viajes en nevera, una enorme figura se recortó en el horizonte. A contraluz, sobre el sol naranja, distinguimos la silueta circular de un tipo al que conocíamos como “Calabazo” por su similitud física con el vegetal aludido. Él, de la misma edad que nosotros —unos ocho años— se enorgullecía de su apodo y hacía de su corpulencia una materialización del poder que ostentaba. No dijo nada. Sólo miró la nevera y nos miró a nosotros. Después, se subió.
............La nevera se balanceaba y crujía al borde del escalón. El chulo atérmico y yo nos miramos con gravedad mientras cogíamos la cuerda con fuerza. Otros dos amigos empujaron la nevera y el enorme leviatán bajó a una velocidad endiablada. La cuerda se deslizaba entre nuestros guantes sin que pudiéramos frenarla de ninguna manera. Cuando empezó a salir humo, supimos que no podríamos hacer nada y abrimos las manos, confiando en que el anclaje a la celosía sería suficiente. Pero no lo fue.
............Calabazo llegó la final de la escalera y la cuerda se tensó hasta el límite. Era fuerte, no se partió. Al contrario, entre la cabeza del chulo atérmico y la mía silbó el ladrillo arrancado de la celosía y siguió la suerte de la nevera. Calabazo aterrizó de bruces sobre la montaña de rastrojos y la nevera le cayó encima como un extraño sarcófago sideral. Desde debajo surgía un llanto desconsolado. Aquel día habían tirado una veintena de rosales moribundos.
............Entonces aprendí algo que me ha servido el resto de mi vida: unas rosas y un agradable paseo en descapotable pueden ablandar a la persona más insensible.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mis veranos salvajes (I)

............Siempre recordaré los veranos de mi infancia con especial cariño. Durante los inviernos, yo era una especie de señorito redicho y cargante que vestía mocasines y se peinaba con raya. Siempre asistía puntual al colegio, donde no jugaba al fútbol —qué cosa de bárbaros— ni me arrastraba por la tierra. Es decir, era una personita que daba bastante grima.
............Sin embargo, en verano, me cortaban el pelo tanto que no había posibilidad de raya y cambiaba mis mocasines burdeos por unas Victoria con agujeros. Esta transformación tenía lugar en el chalet de mis abuelos, junto a la playa de San Juan (Alicante), cuanto todavía existían descampados en lugar de edificios de dudoso gusto y aún más dudosa legalidad.
............El chalet se edificó en una pequeña colonia que combina casas con edificios bajos. Me parece mentira haber vivido una época en que las puertas de las casas estaban abiertas y las calles eran de tierra, sin farolas, y algunas con acequias bordeándolas. En ese encantador oasis tercermundista y, más concretamente, en los enormes descampados, tenía lugar mi glorioso proceso de asalvajamiento.
............Éramos pocos y nos conocíamos todos. Los odios, las filias y las rivalidades se acrecentaban hasta extremos peligrosos. Yo siempre tenía la mejor bicicleta, que para eso mi abuelo regentaba una tienda de bicis —si es que eso se puede regentar—. Y además solía cambiarla todos los años, porque, durante el invierno, aquel sitio donde siempre era jornada de puertas abiertas se convertía en el autoservicio de los gitanos de un poblado cercano. Supongo que las puertas cerradas son más tentadoras y mi bici un caramelo, una vez forzadas.
............Así que andábamos haciendo el animal por los descampados. Yo, sin camiseta, con mi BH California. Otros se atrevían a dar saltos, yo temía mi torpeza. Hasta un día. Ese día, una chica preciosa había ido al pequeño circuito de trial y yo había quedado con una especie de extraño chulo atérmico que llevaba cazadora en agosto a las cuatro de la tarde. El chulo atérmico sí saltaba y yo no quería ser menos —todas las hostias de mi vida han sido por impresionar a mujeres—. Tomé carrerilla con mi preciosa bicicleta azul y blanca y salté por el montículo a casi dos metros del suelo. Por desgracia, no se me ocurrió que tal vez fuera conveniente ponerme de pie sobre los pedales para amortiguar el aterrizaje.
............En efecto, aterricé sentado en una bici sin amortiguación desde casi dos metros de altura. A mis ocho años, los huevos debieron alcanzarme la campañilla, aunque no la oí sonar como en esas atracciones de feria. Aquí no hubo martillo, ni pesa, ni lucecitas, ni ding-dong ni, desde luego, premio. Sólo hubo un doloroso y silencioso sillín de plástico partiendo mi virilidad por la mitad, cortándome la respiración y haciéndome saltar las lágrimas.
............El caso es que, desde fuera, el salto pareció impecable. Y además sin ponerme de pie, con esa chulería de la que sólo pueden hacer gala los eunucos campeones de trial —que son numerosísimos—. Incapaz de dar un pedaleo, llegué por inercia ante la chica en cuestión, que me aguardaba junto al chulo atérmico. Ella me dijo: “Ha sido increíble”, y él me miró con cierta rabia. Yo asentí con indiferencia, miré el reloj mientras el llanto me golpeaba la garganta y acerté a decir sin darme importancia: “Son las cinco. He quedado, os veo luego”.
............Salí corriendo y, nada más darles la espalda, brotó el torrente de lágrimas contenidas como una inmensa pantanada. Y sentí el dolor agudo y punzante que aún atenazaba mi cuerpo y me impedía pedalear con fuerza. Cualquier espectador desinformado hubiera considerado que, tras el elegante vuelo, me marchaba indiferente a velocidad moderada, disfrutando del paisaje y de la brisa de Levante. Pero en aquel momento aprendí algo que se ha cumplido el resto de mi vida: aunque parezca que todo ha salido perfecto, las mujeres siempre me causarán llanto y dolor de huevos.
............Y aun así, volvería a saltar una y mil veces.

martes, 1 de diciembre de 2009

El madrileño impasible

............Yo siempre he sido madrileño, más o menos desde que nací en La Paz. La gente normal suele descansar en paz cuando muere y los madrileños cuando nacen. Sin embargo, a los cinco años huí a Alicante y allí viví hasta que empecé Periodismo y regresé a la capital. Durante esa dulce estancia levantina, obtuve varias cosas. En primer lugar, el DNI que todo madrileño ansía: nacido en Madrid, residente en Alicante. En segundo lugar, un dominio considerable del valenciano que me ha servido, entre otras cosas de provecho, para ver Canal 9, donde los dibujos animados tienen mayor rigor que los informativos. Y, en tercer lugar, adquirí una capacidad de sorpresa que parece haber desaparecido en mi ciudad natal.
............Por eso, cuando volví todo me parecía fascinante. Pero lo que más llamó mi atención fue la capacidad de los madrileños para mostrarse indiferentes ante cualquier anomalía. Al principio creí que se trataba de la flema —qué asco de expresión— inglesa, que había contaminado a mis conciudadanos hasta el punto de ser incapaces de mostrar sus emociones. Pero enseguida caí en la cuenta de que simplemente habían perdido la capacidad de sorpresa a golpe de sorprenderse una y otra vez hasta saturarse.
............El metro es uno de los signos de identidad de Madrid y uno de los lugares más extraños que existen. Para empezar, cualquiera que se queje de que los españoles no leen, debería entrar en un vagón de metro. Hay auténticos problemas de espacio a causa del tamaño de algunos incunables. Cuando, para ser un poco cosmopolita, me uní al club de lectura subterránea, también me uní al club de los que miramos mal a los insolidarios y prepotentes "tapas-duras". ¿Dónde se creen que van, con sus lujosas, angulosas y punzantes ediciones? El caso es que todo esto nos lleva a una conclusión: o sólo lee la gente que va en metro, o todos los que leen en el metro en realidad no leen. Se esconden.
............Porque el metro es un buen lugar de observación. Un paraíso del fisonomista, aunque los hay que se pasan. Todavía recuerdo con temor un viaje en el que un inquietante señor con traje impecable y zapatillas deportivas —¿Emilio Aragón?— me miraba fijamente con ojos de muerto. Yo me guarecía en un ajado ejemplar de El retrato de Dorian Gray, pero cada dos por tres me asomaba para encontrarme con los ojos escalofriantes.
............Otro día, una amable señora se me acercó con cierta timidez y me dijo: "Tú le encantas a mi nieta". A mí tales noticias suelen alegrarme el día, pero en este caso me desconcertó, ya que desconocía por completo a mi sociable interlocutora. Así que, ante mi cara de extrañeza, la señora siguió: "Que sí, que sí. Cada vez que sales, va corriendo a verte". Yo ya no sabía si sentirme halagado o preocuparme por mi seguridad. Siempre he querido fans histéricas —me encanta cómo se desmayan, nadie se desmaya hoy en día—, pero más de una y con vallas de seguridad de por medio. El caso es que no salía de mi perplejidad. Seguramente, si hubiera sido un buen madrileño impasible, le hubiera dado las gracias y hubiera seguido haciendo como que leía, pero sólo pude articular un "Ah, ¿sí?". Y enseguida se aclaró el entuerto: "Claro, pero eres mucho más guapo que por la tele. Cuando se lo diga a mi nieta no se lo va a creer". Entonces, con todos los ojos del vagón fijos en mi anónima figura, le di las gracias a la señora y le dije que le diera muchos besos a su nieta de mi parte. ¿Mentira? Tal vez, pero ¿quién soy yo para quitarle la ilusión? Además, resultó curioso ver a mi compañeros de viaje escrutarme "disimuladamente" a ver si daban con quién era yo. Y yo no lo sé. No sé quién fui.
............En otra ocasión más cercana en el tiempo, estaba yo plácidamente sentado, haciendo como que leía, en uno de esos trenes nuevos que no tienen separación entre vagones. Era relativamente temprano —las doce de la mañana de un domingo— y no había mucha gente. Entonces, de repente oí gritos desgarradores que provenían del otro extremo del tren. Me asomé de forma que podía ver el pasillo y vi cómo se acercaba corriendo un tipo que vestía gabardina gris con ropa debajo, por fortuna. Realmente corría como si le fuera la vida en ello y se acercaba a una velocidad considerable. En consecuencia, me preparé para adoptar mi ya estudiada pose de madrileño impasible y dejar que el perturbado —otro símbolo estereotípico de identidad de Madrid— pasase a mi lado con la gabardina ondeando a modo de capa. Y así fue; siguió corriendo y gritó: "¡Este tren está maldito!". Y yo tan sólo levanté una ceja. Iba en la dirección adecuada.
............Para terminar, otra de las características del madrileño impasible es decir que no a todo. Esto se debe a que a lo largo del día te ofrecen cientos de miles de cosas que no te interesan lo más mínimo. Pero hace poco vi algo que me resultó exagerado. Salía del metro, intentando esquivar a una marea informe de gente con prisa —la gente con prisa pierde los rasgos, cosas de la velocidad— y vi a una mujer algo desorientada. Al pasar junto a ella, observé que había parado a un hombre-con-prisa. El diálogo es fascinante por absurdo y simple:
............Mujer: Perdone, ¿la calle Baeza, por favor?
............Hombre-con-prisa: No.
............Pero, "no", ¿qué? ¿No sé dónde está? ¿No gracias, no quiero una calle Baeza? ¿No, lo siento, no soy la calle Baeza? ¿No a qué? No a todo.

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