jueves, 23 de diciembre de 2010

En el jardín de los Finzi-Contini

Capitulo VIII: Polonia, la nieve y el frío

Cuando decidimos irnos a Polonia a ver a nuestro amigo Varsoviano de nacimiento, cartegenero de adopción no pensábamos en que se acercaba el invierno y que Polonia no está al sur de Europa. Pero ¿y lo bonita que es la ignorancia? Sin embargo, una semana y media antes de coger el vuelo, Varsoviano de nacimiento y cartagenero de adopción nos dejó, en La Red Social, un mensaje parecido a este:

"Nenes, dos días antes de que vengáis van a caer unas nevadas del copón. Vais a ver Polonia en su esplendor invernal. ¡Enhorabuena!"

La chica que va de acá para allá y yo intentamos animarnos mutuamente pensando que no iba a ser para tanto ¿Qué puede significar un poco de nieve y estar a -2º? Pero dos días antes de coger el vuelo. Cayeron las primeras nevadas y nos llegaron las primeras opiniones de nuestros familiares:

La Madre de La chica que va de acá para allá: "¡Abrígate!"

La hermana de La chica que va de acá para allá: "¿Polonia no es una ciudad en guerra?"

La tía de la Chica que va de acá para allá: "Ay nena, pero si allí la gente se muere por los rincones..."

Mis padres: "¡Deja de gastarte dinero!"


La noche antes de irnos decidí que nos quedábamos en Italia. En nuestro pisito tan mono. Con nuestra temperatura callejera de calurosos 6º. Lejos de nevadas y frío. Porque Varsoviano de nacimiento, cartagenero de adopción nos iba narrando los descensos de temperaturas:

Varsoviano de nacimiento, cartagenero de adopción (VDNCDA): "-16º"

Josef: "Uff..."

VDNCDA: "-18º"

Josef: "glups..."

VDNCDA: "¡Ahora -19º! Pero tranquilos que mejora. La semana que viene estaremos a -10º"

Josef: "¡Que le den a Polonia! ¡Nos quedamos aquí!"

Al final acabamos viajando a Polonia. Donde anochece a las cuatro y media de la tarde. Donde los zloties (eslotis) son tan baratos (cuatro por un euro) y donde las nevadas que salen en las películas del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial son totalmente ciertas. Camino de Breslavia (Wroclaw), ciudad donde se vive Varsoviano de nacimiento, cartagenero de adopción, tardamos seis horas y media en llegar. Dos horas y media más de lo esperado. Sin saber polaco. Sin papa de inglés yo y con el suyo olvidado La chica que va de acá para allá. Quien amenazaba con volverse al día siguiente para Italia. Que ya estaba satisfecha con la nieve que había visto y que no sabía a que c*j*n*s había ido ella a ese país europeo donde ni siquiera tenían euros. Afortunadamente, cuando vio lo calentito que se estaba en las casas y pudo hacer un par de fotos a la ciudad se calmó. Decidió quedarse toda la semana y darle una oportunidad al país.

Aunque no sería la última vez que nos amenazara con abandonar la expedición.

viernes, 10 de diciembre de 2010

En el jardín de los Finzi-Contini

CAPITULO VII: Vecinos Quejicas

Cuando nos encontrábamos en España La chica que va de acá para allá solía quejarse del ruido ambiental que con frecuencia atormentaba su estudio. Unas veces eran sus compañeras de piso: la que tenía puesto el hardcore a todas horas, la que se traía a todos sus colegas poligoneros para que no tuvieran que esnifar cocaína en la calle (animalicos, seguro que en la calle el subidón no era tan gordo por aquello del frío y tal), la que de vez en cuando se tomaba todas las pastillas que el psiquiatra le había mandado para llamar la atención y de paso a Urgencias a las cuatro de la mañana, o la que la llamaba su novio todas las mañanas para despertarla a eso de las ocho y cuarto con una estridente canción (esta ha sido de las mejores, la verdad). Otras veces eran los vecinos: las chinas del piso de arriba que andaban con tacones a las tres de la mañana en lo que sospechábamos era un burdel, la pareja folladora (mítica y añorada, era como tener un canal gratis de porno casero) o las innumerables obras y reformas a las que era sometida semana si, semana también la calle del piso de La chica que va de acá para allá, que ante este trajín continuo hizo acopio de un lema que para colmo y paradoja no nos hacía saber a susurros:

¡ESTOY HASTA LAS NARICES DE TANTO RUIDO!

Y entonces aprendió que hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las no atendidas. Su deseo se hizo realidad. Hasta tal punto que le da ‘cosica’ quedarse sola en nuestro maravilloso loft italiano de 55 metros cuadrados porque no se oye ni un alma.

Supongo que será cosa de vivir en el norte de Italia y que en el sur, más mediterráneos, resuelven los problemas como hay que resolverse: a gritos, pero nuestros vecinos han desarrollado un maravilloso sistema de discusión que no afecta al oido: mediante notitas en el panel comunitario del rellano principal. ¡Toma ya!

Os pongo un ejemplo:

El vecino del 2ºA está harto de que el vecino del 3ºB deje el coche en la entrada impidiendo el paso para salir con la bicicleta. Pues deja una notita.

A su vez, el vecino del 1ºC está harto de que alguien ‘que todos sabemos quien es ‘ deje huellas en el suelo por no limpiarse los pies en la alfombra los días de lluvia. Pues deja una notita.

Mientras tanto el vecino del 3ºB, el del coche, contesta al vecino del 2ºA, en su notita, por rayarle el coche y se empieza a cagar en la familia política del vecino del 1ºB por no cerrar la portería interna, pudiendo así entrar cualquiera al edificio.

El vecino del 1ºB arremete contra el vecino del 2ºB por poner la lavadora y el lavavajillas después de las 8 de la noche (esto es el norte de Italia, acordaros) y contra la vecina del 3ºA por salir con tacones antes de las 7.30 de la mañana y volver a casa con los tacones después de las 10 de la noche.

Al final las notitas están llenas de insultos en italiano y comentarios sarcásticos acerca de la inteligencia de unos y de otros. Los coches siguen aparcándose impidiendo el paso, la portería interna sigue quedándose abierta, los lavavajillas funcionan después de las ocho y los tacones se oyen antes de las siete y media de la mañana. O eso dicen. Porque estos italianos se quejan de nada y no saben lo que es vivir en un vecindario ruidoso. Porque yo me he leído sin ningún problema La Conjura De Los Necios cada noche y no he oído nada de eso que dicen que tanto les molesta.

martes, 16 de noviembre de 2010

En el jardín de los Finzi-Contini

Capítulo VI: Transporte público

En Italia, como país de la Unión Europea que se precie tienen un servicio de transporte público. Además, como país de la Unión Europea que se precie esté servicio no está hecho a prueba de españoles.
Tú te subes a un autobús en España y el conductor se caga en la madre que te parió si no le pagas y te echa a patadas. Bueno, mejor dicho. Tú te subes a un autobús en España y el conductor te manda a tomar por detrás si no le pagas con un billete de cinco o monedas. Que cojones. Tú te subes a un autobús en España y el conductor reza para sí mismo algo así:

“mecagoentusmuelascodegenteysemforoslaculpaesdezapaterocagontó”.

Y luego te fulmina con su mirada cuando le pagas, aunque sea con la cantidad exacta y en distintas monedas para aumentar su bolsa de cambio. ¡Jo, como lo añoro!
En Italia, decía, no están acostumbrados a los españoles, que provenimos de un país donde la picaresca es aplaudida y celebrada con jolgorio (la culpa es de los Austrias) y nos aprovechamos en masa de esta circunstancia. Así que el conductor del autobús de turno se encarga únicamente de conducir. Increíble, pero cierto. Tú entras en el autobús y te sientas donde te venga en gana y el tío a lo suyo. Ni se inmuta. Ni insulta a otros conductores ni se caga en Berlusconi, y en Zapatero menos. Luego nos enteramos que de vez en cuando pasa un revisor como en el tren y te pide el billete, que en caso de no llevar te pone una buena multa. “Pero casi nunca pasa” decían unos. “Y con bajarse cuando sube basta” decían otros. “Entonces perfecto” dijimos nosotros.

Y una mierda perfecto…

Una linda mañana de lunes en la que no teníamos clase, el sol brillaba y los pájaros cantaban, por lo que decidimos ir a dar un bonito paseo al centro comercial en autobús. Ese maravilloso autobús en el que no teníamos que pagar porque el conductor iba a la suya y el revisor destacaba por su ausencia. Pero se ve que ese día no tenía ganas de quedarse en la cama y decidió ir a trabajar. La chica que va de acá para allá y yo nos pasamos el viaje embobados en el paisaje, comentando que cosas haríamos de comer durante la semana, cuando de repente todo el mundo se bajó del autobús.

¡Caspita, se han bajado todos! -Exclamé yo.
Les habrá dado un apretón comunal –Intervino La chica que va de acá para allá.
Billetes, por favor* –dijo una tercera voz desconocida.

Nos quedamos blancos que diría cierta comentarista habitual de este blog. La chica que va de acá para allá empezó a balbucear excusas en un idioma que parecía un híbrido de italiano y congolés. Yo me empecé a asustar porque no sabía que La chica que va de acá para sabía congolés. El revisor nos miraba con cara de indecisión. No sabía si ponernos una multa por infrigir las normas o si ponernos dos por ser además idiotas y no habernos bajado del autobús como todo el mundo. Y en ese momento. No sé porqué. Hubo una cosa que eché en falta más que nada desde que estoy aquí en Italia:
Un conductor que se cague en todo y en todos.

(*)En italiano en el original.

jueves, 28 de octubre de 2010

En el jardín de los Finzi-Contini

CAPÍTULO V: Los bancos

En Italia hay bancos y cajas de ahorros. Esto no es muy diferente a España, la verdad. Y también tienen la culpa de la crisis. Esto, pese a las particularidades italianas, también es igual que en todo el mundo. La primera vez que fuimos a un banco en Italia fue para ingresar el alquiler al propietario de nuestro piso (que es más joven y friki que yo). El cajero era un hombre de unos cincuenta años. Se estarán imaginando ustedes, queridos lectores, a un hombre tal que así. Nada más lejos de la realidad. Era un tipo con el pelo canoso a lo afro y la piel más morena que la de Beyoncè. Un pendiente de brillantito; collar, pulsera, anillos y reloj de oro. Camisa desabrochada y gustaba de terminar sus frases diciéndole ‘bella’ a La chica que va de acá de para allá. Vamos, que el tipo parecía un compañero de correrías de este otro. La chica que va de acá para allá decidió que la próxima vez buscaríamos otro banco donde pagar el alquiler. No sé porqué, la verdad.

Así que nos informamos y por fin encontramos una entidad donde podíamos abrir una cuenta en la que nuestros padres nos depositaran el dinero sin sufrir esos sablazos bancarios llamados comúnmente comisiones. Pero claro, estaba el inconveniente de que teníamos que firmar como un montón de papeles. Afortunadamente La chica que va de acá para allá se ofreció para ser ella quien diera sus datos y estar fichada por si la policia la requería

La chica que va de acá para allá (LCQVDAPA): ¡Y una mierda!

Ejem,… sigo. El otro inconveniente de abrirnos la cuenta en esa entidad era que la mujer que nos atendió tenia más bigote que Schuster (y por esta vez, no estoy exagerando). La chica que va de acá para allá y yo nos quedamos anonadados:

Mujer Del Banco Con Bigote (MDBCB): Firme aquí*.

LCQVDAPA: Joder, vaya mostacho.

MDBCB: Ahora firme aquí*.

Josef: Es imposible que nadie le haya dicho nada todavía. Debe tenerlo hace años.

MDBCB: Firme aquí también:*

LCQVDAPA: No puedo dejar de mirarlo. Es hipnótico.

MDBCB: Por último, firme aquí*.

Josef: Me recuerda a mi padre de joven, cuando tenía pelo y bigote.

(*)En italiano en el original.

miércoles, 13 de octubre de 2010

En el jardín de los Finzi-Contini

Capítulo IV: La burocracia italiana

Una vez instalados en Ferrara y con transporte asegurado, tuvimos que resolver distintos problemas de despachos. El más elemental de todos era el ‘codice fiscale (una especie de empadronamiento que el gobierno italiano exige para tener controlado quien vive en sus fronteras. Se pide para firmar cualquier tipo de contrato). que amablemente nuestro casero –su madre mediante- nos resolvió por ser demasiado fatigoso para unos recién llegados a Italia. No obstante este no era el único paso burocrático que nos tocaba dar. La chica que va de acá para allá debe vacunarse mensualmente para poder sobrevivir al estrés de compartir piso conmigo y necesitaba de alguien capacitado de forma oficial. Algo así como un médico o un enfermero, imagino.

Así pues nos fuimos al hospital de Ferrara a ver quien era el guapo que se atrevía pinchar a La chica que va de acá para allá. Cuando entramos en el vestíbulo nos quedamos con la boca abierta:

La Chica Que Va De Acá Para Allá: Madre mía, parece un museo.

Josef: Es que los italianos tienen un terrible necesidad de hacer de cualquier cosa algo monumental. El otro día entré en el baño de la facultad y tenía una bóveda de cañón con casetones y pilastras adosadas. Todo esto rematado con altorrelieves barrocos, claro.

Sin embargo cuando pasamos del vestíbulo la impresión fue distinta. Como que toda esa famosa monumentalidad italiana se borraba:

Josef: Por dios, si parece un búnker de la Segunda Guerra Mundial.

LCQVDAPA: O de la primera…

Fuimos a la oficina de servicio al público que nos mandó al jefe de enfermeros que nos mandó a la oficina central que nos mandaron a la torre más alta del castillo más oculto de la montaña más lejana. Así es la burocracia italiana. Pretenden prever cada situación posible por lo que te piden hacer mucho papeleo. No quieren que nada quede al azar. Y para todo ello tienen un sinfín de departamentos, comúnmente descoordinados que no se conocen entre ellos y no se aclaran. Unos te dicen: si, este papel vale y otros te dicen que ese papel no te vale ni para limpiarte los mocos.

El caso es que esa bonita mañana de septiembre en la que buscábamos alguien capacitado para ponerle la vacuna a La chica que va de acá para allá comenzaba a parecerse a esa prueba que mis adorados Astérix y Obélix tuvieron que sufrir en sus particulares Doce Pruebas (escena que tanto gusta César Noragueda). Así que para superar nosotros tan difícil prueba tuvimos que hacer como los héroes galos. No dejarnos marear y marear nosotros a los burócratas del imperio romano, en este caso, italiano. Todo fue fruto del famoso furor impulsivo de La chica que va de acá para allá, que ya me imaginaba a mi poniéndole la vacuna sin mucho tino. Harta de buscar formularios imposibles comenzó a perseguir a cada funcionario que se le cruzaba hasta que le daban una solución válida. Y así a golpe de furia y de grito, consiguió un flamante médico de cabecera al que acudir para ponerse la vacuna y cuando estemos malitos.

Veremos si para verle no nos exige el vellocino de oro.

sábado, 2 de octubre de 2010

En el jardín de los Finzi-Contini

Capítulo III: Las bicicletas no solo son para el verano

Cuando llegas a Ferrara desde el sureste de España te das cuenta de dos cosas: que la naturaleza puede ser verde y que hay más bicicletas que coches. No en vano, cuando se llega a esta ciudad por carretera hay un cartel que dice: Ferrara, ciudad de las bicicletas. La chica que va de acá para allá y yo nos pasamos los primeros días comprando cosas necesarias para comer y para hacer nuestra vida medianamente cómoda, como por ejemplo la nutella (imprescindible en Italia). Mientras tanto la colonia de estudiantes españoles Erasmus en Ferrara iba entendiendo también dos cosas: la primera, que aquí se necesita una bicicleta para moverse. Y la segunda, que nadie compra una bicicleta. Ejem, nadie compra una bicicleta de tercera mano, claro. Lo curioso es que el mercado de las bicicletas de segunda mano y de ocasión tampoco tiene mucho éxito. Parece ser que la gente prefiere que su bicicleta tenga un poco más de rodaje y las compra de tercera o cuarta mano.

‘Comprar’ una bicicleta de tercera o cuarta mano es algo así como una gymkhana porque la tienda no tiene un local fijo. Al contrario, se encuentra esparcida por toda la ciudad, y únicamente abre por las noches. Eso sí, toda la noche. Además su sistema de venta es al más puro estilo IKEA: tú te la buscas, tú te la montas. Lo mejor de todo es que las bicicletas solo te cuestan lo que te cueste la reparación. Lo cual deriva en que todas las tiendas de bicicletas nuevas te venden además repuestos para las viejas y tienen un taller de reparación porque el negocio está ahí: en reponer y reparar, porque nadie compra bicicletas en Ferrara.

Así que visto este panorama, a La chica que va de acá para allá y a mi nos iba entrando una creciente ansiedad por ‘comprar’ nuestras bicicletas de tercera mano. La cuarta noche cuando casi toda la colonia española se había hecho con la suya no aguantamos más y nos fuimos a por la nuestra. ¿A que son bonitas?

PD: Acabo de pensar que a este paso dejaré de ser un ex-presidiario.

¿Entre los más buscados?

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