jueves, 23 de diciembre de 2010
En el jardín de los Finzi-Contini
viernes, 10 de diciembre de 2010
En el jardín de los Finzi-Contini
CAPITULO VII: Vecinos Quejicas
Cuando nos encontrábamos en España La chica que va de acá para allá solía quejarse del ruido ambiental que con frecuencia atormentaba su estudio. Unas veces eran sus compañeras de piso: la que tenía puesto el hardcore a todas horas, la que se traía a todos sus colegas poligoneros para que no tuvieran que esnifar cocaína en la calle (animalicos, seguro que en la calle el subidón no era tan gordo por aquello del frío y tal), la que de vez en cuando se tomaba todas las pastillas que el psiquiatra le había mandado para llamar la atención y de paso a Urgencias a las cuatro de la mañana, o la que la llamaba su novio todas las mañanas para despertarla a eso de las ocho y cuarto con una estridente canción (esta ha sido de las mejores, la verdad). Otras veces eran los vecinos: las chinas del piso de arriba que andaban con tacones a las tres de la mañana en lo que sospechábamos era un burdel, la pareja folladora (mítica y añorada, era como tener un canal gratis de porno casero) o las innumerables obras y reformas a las que era sometida semana si, semana también la calle del piso de La chica que va de acá para allá, que ante este trajín continuo hizo acopio de un lema que para colmo y paradoja no nos hacía saber a susurros:
¡ESTOY HASTA LAS NARICES DE TANTO RUIDO!
Y entonces aprendió que hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las no atendidas. Su deseo se hizo realidad. Hasta tal punto que le da ‘cosica’ quedarse sola en nuestro maravilloso loft italiano de 55 metros cuadrados porque no se oye ni un alma.
Supongo que será cosa de vivir en el norte de Italia y que en el sur, más mediterráneos, resuelven los problemas como hay que resolverse: a gritos, pero nuestros vecinos han desarrollado un maravilloso sistema de discusión que no afecta al oido: mediante notitas en el panel comunitario del rellano principal. ¡Toma ya!
Os pongo un ejemplo:
El vecino del 2ºA está harto de que el vecino del 3ºB deje el coche en la entrada impidiendo el paso para salir con la bicicleta. Pues deja una notita.
A su vez, el vecino del 1ºC está harto de que alguien ‘que todos sabemos quien es ‘ deje huellas en el suelo por no limpiarse los pies en la alfombra los días de lluvia. Pues deja una notita.
Mientras tanto el vecino del 3ºB, el del coche, contesta al vecino del 2ºA, en su notita, por rayarle el coche y se empieza a cagar en la familia política del vecino del 1ºB por no cerrar la portería interna, pudiendo así entrar cualquiera al edificio.
El vecino del 1ºB arremete contra el vecino del 2ºB por poner la lavadora y el lavavajillas después de las 8 de la noche (esto es el norte de Italia, acordaros) y contra la vecina del 3ºA por salir con tacones antes de las 7.30 de la mañana y volver a casa con los tacones después de las 10 de la noche.
Al final las notitas están llenas de insultos en italiano y comentarios sarcásticos acerca de la inteligencia de unos y de otros. Los coches siguen aparcándose impidiendo el paso, la portería interna sigue quedándose abierta, los lavavajillas funcionan después de las ocho y los tacones se oyen antes de las siete y media de la mañana. O eso dicen. Porque estos italianos se quejan de nada y no saben lo que es vivir en un vecindario ruidoso. Porque yo me he leído sin ningún problema La Conjura De Los Necios cada noche y no he oído nada de eso que dicen que tanto les molesta.
martes, 16 de noviembre de 2010
En el jardín de los Finzi-Contini
jueves, 28 de octubre de 2010
En el jardín de los Finzi-Contini
CAPÍTULO V: Los bancos
En Italia hay bancos y cajas de ahorros. Esto no es muy diferente a España, la verdad. Y también tienen la culpa de la crisis. Esto, pese a las particularidades italianas, también es igual que en todo el mundo. La primera vez que fuimos a un banco en Italia fue para ingresar el alquiler al propietario de nuestro piso (que es más joven y friki que yo). El cajero era un hombre de unos cincuenta años. Se estarán imaginando ustedes, queridos lectores, a un hombre tal que así. Nada más lejos de la realidad. Era un tipo con el pelo canoso a lo afro y la piel más morena que la de Beyoncè. Un pendiente de brillantito; collar, pulsera, anillos y reloj de oro. Camisa desabrochada y gustaba de terminar sus frases diciéndole ‘bella’ a La chica que va de acá de para allá. Vamos, que el tipo parecía un compañero de correrías de este otro. La chica que va de acá para allá decidió que la próxima vez buscaríamos otro banco donde pagar el alquiler. No sé porqué, la verdad.
Así que nos informamos y por fin encontramos una entidad donde podíamos abrir una cuenta en la que nuestros padres nos depositaran el dinero sin sufrir esos sablazos bancarios llamados comúnmente comisiones. Pero claro, estaba el inconveniente de que teníamos que firmar como un montón de papeles. Afortunadamente La chica que va de acá para allá se ofreció para ser ella quien diera sus datos y estar fichada por si la policia la requería
La chica que va de acá para allá (LCQVDAPA): ¡Y una mierda!
Ejem,… sigo. El otro inconveniente de abrirnos la cuenta en esa entidad era que la mujer que nos atendió tenia más bigote que Schuster (y por esta vez, no estoy exagerando). La chica que va de acá para allá y yo nos quedamos anonadados:
Mujer Del Banco Con Bigote (MDBCB): Firme aquí*.
LCQVDAPA: Joder, vaya mostacho.
MDBCB: Ahora firme aquí*.
Josef: Es imposible que nadie le haya dicho nada todavía. Debe tenerlo hace años.
MDBCB: Firme aquí también:*
LCQVDAPA: No puedo dejar de mirarlo. Es hipnótico.
MDBCB: Por último, firme aquí*.
Josef: Me recuerda a mi padre de joven, cuando tenía pelo y bigote.
(*)En italiano en el original.
miércoles, 13 de octubre de 2010
En el jardín de los Finzi-Contini
Capítulo IV: La burocracia italiana
Una vez instalados en Ferrara y con transporte asegurado, tuvimos que resolver distintos problemas de despachos. El más elemental de todos era el ‘codice fiscale (una especie de empadronamiento que el gobierno italiano exige para tener controlado quien vive en sus fronteras. Se pide para firmar cualquier tipo de contrato). que amablemente nuestro casero –su madre mediante- nos resolvió por ser demasiado fatigoso para unos recién llegados a Italia. No obstante este no era el único paso burocrático que nos tocaba dar. La chica que va de acá para allá debe vacunarse mensualmente para poder sobrevivir al estrés de compartir piso conmigo y necesitaba de alguien capacitado de forma oficial. Algo así como un médico o un enfermero, imagino.
Así pues nos fuimos al hospital de Ferrara a ver quien era el guapo que se atrevía pinchar a La chica que va de acá para allá. Cuando entramos en el vestíbulo nos quedamos con la boca abierta:
La Chica Que Va De Acá Para Allá: Madre mía, parece un museo.
Josef: Es que los italianos tienen un terrible necesidad de hacer de cualquier cosa algo monumental. El otro día entré en el baño de la facultad y tenía una bóveda de cañón con casetones y pilastras adosadas. Todo esto rematado con altorrelieves barrocos, claro.
Sin embargo cuando pasamos del vestíbulo la impresión fue distinta. Como que toda esa famosa monumentalidad italiana se borraba:
Josef: Por dios, si parece un búnker de la Segunda Guerra Mundial.
LCQVDAPA: O de la primera…
Fuimos a la oficina de servicio al público que nos mandó al jefe de enfermeros que nos mandó a la oficina central que nos mandaron a la torre más alta del castillo más oculto de la montaña más lejana. Así es la burocracia italiana. Pretenden prever cada situación posible por lo que te piden hacer mucho papeleo. No quieren que nada quede al azar. Y para todo ello tienen un sinfín de departamentos, comúnmente descoordinados que no se conocen entre ellos y no se aclaran. Unos te dicen: si, este papel vale y otros te dicen que ese papel no te vale ni para limpiarte los mocos.
El caso es que esa bonita mañana de septiembre en la que buscábamos alguien capacitado para ponerle la vacuna a La chica que va de acá para allá comenzaba a parecerse a esa prueba que mis adorados Astérix y Obélix tuvieron que sufrir en sus particulares Doce Pruebas (escena que tanto gusta César Noragueda). Así que para superar nosotros tan difícil prueba tuvimos que hacer como los héroes galos. No dejarnos marear y marear nosotros a los burócratas del imperio romano, en este caso, italiano. Todo fue fruto del famoso furor impulsivo de La chica que va de acá para allá, que ya me imaginaba a mi poniéndole la vacuna sin mucho tino. Harta de buscar formularios imposibles comenzó a perseguir a cada funcionario que se le cruzaba hasta que le daban una solución válida. Y así a golpe de furia y de grito, consiguió un flamante médico de cabecera al que acudir para ponerse la vacuna y cuando estemos malitos.
Veremos si para verle no nos exige el vellocino de oro.
sábado, 2 de octubre de 2010
En el jardín de los Finzi-Contini
Capítulo III: Las bicicletas no solo son para el verano
Cuando llegas a Ferrara desde el sureste de España te das cuenta de dos cosas: que la naturaleza puede ser verde y que hay más bicicletas que coches. No en vano, cuando se llega a esta ciudad por carretera hay un cartel que dice: Ferrara, ciudad de las bicicletas. La chica que va de acá para allá y yo nos pasamos los primeros días comprando cosas necesarias para comer y para hacer nuestra vida medianamente cómoda, como por ejemplo la nutella (imprescindible en Italia). Mientras tanto la colonia de estudiantes españoles Erasmus en Ferrara iba entendiendo también dos cosas: la primera, que aquí se necesita una bicicleta para moverse. Y la segunda, que nadie compra una bicicleta. Ejem, nadie compra una bicicleta de tercera mano, claro. Lo curioso es que el mercado de las bicicletas de segunda mano y de ocasión tampoco tiene mucho éxito. Parece ser que la gente prefiere que su bicicleta tenga un poco más de rodaje y las compra de tercera o cuarta mano.
‘Comprar’ una bicicleta de tercera o cuarta mano es algo así como una gymkhana porque la tienda no tiene un local fijo. Al contrario, se encuentra esparcida por toda la ciudad, y únicamente abre por las noches. Eso sí, toda la noche. Además su sistema de venta es al más puro estilo IKEA: tú te la buscas, tú te la montas. Lo mejor de todo es que las bicicletas solo te cuestan lo que te cueste la reparación. Lo cual deriva en que todas las tiendas de bicicletas nuevas te venden además repuestos para las viejas y tienen un taller de reparación porque el negocio está ahí: en reponer y reparar, porque nadie compra bicicletas en Ferrara.
Así que visto este panorama, a La chica que va de acá para allá y a mi nos iba entrando una creciente ansiedad por ‘comprar’ nuestras bicicletas de tercera mano. La cuarta noche cuando casi toda la colonia española se había hecho con la suya no aguantamos más y nos fuimos a por la nuestra. ¿A que son bonitas?

PD: Acabo de pensar que a este paso dejaré de ser un ex-presidiario.
